miércoles, 3 de marzo de 2010

Ranó


El nerviosismo del próximo encuentro con el estudiante boliviano hizo que Ranó se llevara una mano a la frente, mientras un leve suspiro sucumbió inadvertido en medio de su respiración ligeramente agitada por el paso rápido que tenía al salir del metro. Había conocido al estudiante boliviano en una fiesta durante el fin de semana pasado y habían quedado en verse en su habitación del edificio estudiantil. Cuando llegó a la universidad aquella tarde ardiente de Tashkent, la humedad sofocante desprendida por la vegetación se esparcía en el aire y Ranó sintió la urgencia de verse reflejada en las pupilas del estudiante boliviano. Por entre los jardines y pasillos de la universidad, encontró el edificio buscado y subió al ascensor.

Ranó bordeaba los veinte años y tenía el pelo largo, de color castaño oscuro, los ojos grandes, negros, rasgados y sumamente expresivos. Estaba a punto de obtener el grado de bióloga y ya había recibido una oferta laboral de un laboratorio agrícola para desarrollar procedimientos analíticos basados en la prueba de reacción en cadena de polimerasa en tiempo real. El abuelo de Ranó era un ingeniero chino; había migrado a Uzbekistan hace más de medio siglo para trabajar en la construcción del canal turkmenio para irrigar las áreas agrícolas cercanas a Tashkent y decidió establecerse en la región, casándose tiempo después con la hija de un agricultor.

Cuando presionó el timbre de la habitación por tercera vez, Ranó comprendió que el estudiante boliviano no la esperaba y recordó la canción uzbeka acerca de la majestuosa copa del sauce que fuera derribado por un leñador. Decidió que aún tenía tiempo para buscar a sus amigas en la casa de té de su universidad y se marchó.

Algunos años después, cuando Javier estaba sentado en un minibús y contemplaba un puente en la carretera, se dio cuenta de la similitud que existía entre Tashkent y El Alto: las carreteras daban esa sensación de amplitud espacial que no se encuentra en las carreteras de la ciudad de La Paz, tal vez debido a las limitaciones de su topografía complicada. De pronto, y como ya se le estaba haciendo una costumbre, se le vino a la mente la mirada de unos ojos rasgados y expresivos y la muchacha más hermosa que había conocido en su vida y a la que cada vez extrañaba más y más, le contaba que su abuelo había llegado a Uzbekistan para colaborar en la construcción del gran canal turkmenio.