martes, 18 de mayo de 2010

Las palmeras canarias

Esquivar los veloces taxis y buses en la principal calle del centro de La Paz, mientras procuro encontrar un pequeño espacio en la acera repleta de vendedores y personas, para detenerme un rato a tomar impulso -pero no aire-, y luego volver a brincar a la calle a seguir esquivando los veloces taxis y buses, no es lo que más concentra mi atención. El bullicio, el humo del diesel, las calles semejantes a un bazar asiático y los vehículos veloces alborotan tanto la principal calle de La Paz, todos los días y a toda hora, que el fenómeno se ha tornado monótono e irrelevante, excepto tal vez para algún extranjero aficionado al turismo bizarro. En cambio, vale la pena ver, observar, admirar y contemplar las dos palmeras canarias de la plaza, al final de la calle. Estos monumentos vegetales ya existían en los años 70s cuando la perspectiva de mi niñez me hacía ver La Paz como un sitio ideal para tener aventuras, y estos árboles aunque más pequeños que ahora, eran la representación del misterio, porque por más que lo intenté, nunca pude trepar a su copa. En aquella década era posible establecer una clasificación de los árboles por el grado de dificultad para treparlos. Los del parque zoológico eran los más fáciles, porque se trataba de una especie de setos de pinos que habían desarrollado con los años muchas ramas bajas y por lo tanto facilitaban enormemente el ascenso. Los árboles del jardín botánico y de la mayoría de las plazas de la zona sur, presentaban una dificultad media. Los eucaliptos del bosque de Pura Pura eran muy difíciles, aunque el placer de visitar el bosque estaba asociado a mi habilidad de saltar del tren en movimiento, eludiendo al boletero, y en época de lluvias se formaban charcos en medio del bosque donde habitaban ejércitos de sapos cuyos renacuajos eran negros y grandes, muy diferentes a las ranas de Calacoto, cuyos renacuajos eran verduzcos y más pequeños. Todo ha cambiado en La Paz, pero el lento movimiento del follaje que provoca la brisa en las palmeras canarias de la plaza, como queriendo mostrar su indiferencia ante el bullicio y desorden de la ciudad, posiblemente esté despertando nuevamente la imaginación de algún niño aventurero.